lunes, 31 de enero de 2011

La costumbre de Don Mandieta...


Ilustración: el tole

La casa que compraron los Mandieta para instalarse cuando llegaron al pueblo, estaba ubicada en una esquina a dos cuadras de la avenida principal. Era una propiedad de ambientes grandes, pero escasos en relación a la cantidad de habitantes de la misma. La familia núcleo estaba compuesta por Don Mandieta, la Doña y sus doce hijos, entre los que se encontraban el Chone y la Aurelia. La vivienda disponía de sólo dos cuartos para dormir, el principal para el matrimonio y otro muy espacioso para los gurises que no tenían una cama asignada, como es normal, sino que quien llegaba primero conseguía la mejor cama y los últimos debían dormir en colchones tirados en el piso. Había un gran y único comedor compuesto por una mesa con ocho pesadas sillas de madera, y otras de plástico blanco. Un living que consistía en un par de sillones tapados de ropa para planchar, mochilas, útiles escolares, mantas, cáscaras de naranjas que quedaban olvidadas por días. El baño también era amplio, pero nunca he visto catorce cepillos de dientes, sospecho que tendrían unos cinco o seis y que usaban cualquiera de los disponibles. Luego tenían un patio, donde muchas veces he visto asesinar a corderos y terneritos a sangre fría, y un garaje donde guardaban la F-100 que pintaron de naranja y algún que otro auto 0km que no duraba nuevo más de un par de semanas porque siempre chocaban o volcaban y quedaba todo abollado.

Al frente de la casa estaba la sala más amplia, y era allí donde funcionaba la carnicería. Los Mandieta abastecían su negocio con sus propios animales, que eran traídos de su campo deColonia Libertad. Los animales no pasaban por ningún tipo de control sanitario. Los iban a buscar dos o tres veces por semana y en ocasiones, hasta llegaban apiñados con algún que otro corderito que les hacía dedo por el camino, escapándose de sus otros dueños.

Don Mandieta no había tenido la oportunidad de recibir ningún tipo de educación y/o formación. Para él, la desnudez era algo natural. En su casa le gustaba andar desnudo; no como un acto de exhibicionismo o de vanidad. Él se había criado campo adentro y supongo que sería algo natural, como lo es para los indios en el Amazonas o en algunas tribus africanas.

Pero claro, dentro de su casa él era dueño y señor, no tenía que andar cuidando lo que no conocía: “ las formas”. Era libre de las normas de la sociedad, simplemente por desconocerlas. Como era parte de su intimidad y todo ocurría puertas adentro, sólo los que íbamos a su casa, sabíamos de esta rara costumbre.

Cuenta una vecina que una tarde fue a comprar un kilo de vacío, y una tira de asado. Ese día estaba Don Mandieta al frente del negocio, nadie como él para sacar los mejores cortes. Ella notó que vestía el delantal típico de los carniceros, y que no llevaba abajo una remera o camisa, como era de esperar. Cuando Don Mandieta se dio vuelta para abrir la heladera, la vecina no imaginó que iba a ver su trasero, ventilándose. Asombrada y desconcertada, sin saber qué decir, desistió de su pedido inmediatamente, pensando que el hombre se rascaría sus partes íntimas y luego cortaría la carne sin siquiera lavarse las manos.

Fue así como todo el pueblo se enteró de la costumbre de Don Mandieta y por curiosidad todos pasaban por la carnicería a buscar algo con tal de comprobar el rumor, lo que benefició ampliamente al negocio y le dio ingresos para que pudiera incluso comprar un nuevo 0km, ya que el que tenía desde hace dos meses lo había chocado, y un personaje como él no podía andar por el pueblo con un auto abollado. Cada vez que paseaba por la avenida principal, todo el mundo se reía y lo saludaba; pero él nunca llegó a entender el motivo de su popularidad.

Bar – Vieja Estación – Parque Urquiza – Rosario – Argentina

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