lunes, 31 de enero de 2011

¡ Estos eran de campo...campo !

Esta historia se desarrolla en un campo entre Curuzú Cuatíá y Monte Caseros (Ctes.) y está inspirada en un chat entre José y yo.



A medida que terminaban la primaria en la escuelita rural, a los Mandieta los mandaban a estudiar al pueblo. Al principio no me había fijado en ellos, pero cuando llegó el Chone que tenía su pinta les empecé a prestar atención.

_ Cuántos hermanos tenés Chone ( le preguntó mamá la primera vez que vino a casa)

_Doce

_¿Dos? Insistió mamá pensando que había escuchado mal.

_ No, doce señora.

Mamá me miró de reojo… y yo conociéndola desvié la mirada.

Una noche muy tarde, cerca de la una de la madrugada, estábamos con mis compañeros de curso pintando la calle principal del pueblo para promocionar el baile que organizábamos con motivo de la primavera, con el fin de juntar plata para el viaje de egresados. En una de esas aparece el Chone y se pone a conversar. Como era muy tarde, se ofreció a llevarnos a cada una a su casa y a mí me dejó última en el reparto.

Cuando llegamos a mi puerta me invitó a tomar mate.

_ ¿ Mate?! No, no, otro día… además no puedo hacer ruido en casa a esta hora, me matarían.

Cuando terminé de decir eso, el Chone saca de la galera un termo y un mate con yerba usada.

No pude negarme y por cortesía acepté … y así entre mate y mate…

Al otro día me desperté y él estaba en la puerta de casa para llevarme a la escuela, porque resulta que ya éramos novios.

Al tiempo se terminaron de instalar todos sus hermanos en el pueblo en un casa que los padres compraron para que puedan estudiar. Desde la primera vez que fui, los hermanos me recibieron con mucho cariño. Pero “ sus costumbres “ eran muy distintas a las mías. Vivían de una forma totalmente desordenada. Cada vez que entraba a la casa me daba la impresión que había pasado un tornado. La mesa del comedor siempre estaba llena de platos y vasos sucios que habían quedado de la noche anterior. Tazas, restos de pan y frascos abiertos de mermelada del desayuno del día. El sillón del living parecía “ el cuartito del fondo”. Cada uno que pasaba tiraba algo encima: ropas, cuadernos, mochilas, cacerolas, pelotas, cáscaras de naranja, cajas de videocasete, revistas, diarios y en medio de todo eso hasta había un gato acurrucado, que si estabas desprevenido y te sentabas arriba de esa montaña, el gato pegaba un salto y te hacía morir del susto.

Yo a José sólo lo conocía de vista.

Un día el Chone me invitó como para oficializar la relación a pasar un fin de semana al campo que quedaba a unos 40 kilómetros del pueblo. Tenían unas 3700 has. aproximadamente, con lo cual yo pensé que tal vez el desorden de la casa era por el hecho del poco espacio comparado el “Casco de Estancia “, donde seguramente tenían habitaciones para cada uno de sus hermanos y un harén de servidumbre a su disposición.

Yo me preparé como para ir a una Villa a La Toscana…

Cuando llego me encuentro con que “el casco de estancia” se trataba de dos ranchos en el medio de la nada, unos tinglados donde guardaban sus camionetas y en vez de un harén de servidumbre, unos pocos peones que corrían de un lado al otro tratando de cumplir con las órdenes y contraórdenes que impartía a los gritos Don Mandieta.

Cuando bajo del auto con mis modestos, pero elegantes atuendos, lo encuentro a José que también había sido invitado por la Aurelia, la quinta de las hermanas.

Como no había agua potable, después de comer el cordero que asesinaron colgado de un paraíso bajo la mirada atónita de José y mis ojos conteniendo las lágrimas ante semejante espectáculo a mi criterio de salvajismo, tuvimos que lavarnos los dientes con agua de pozo que nos trajeron en un tacho de aceite de cinco litros al cual le habían puesto una manija de alambre.

El Chone y la Aurelia llegaron con los caballos ensillados para invitarnos a recorrer el campo. Íbamos de lo más tranquilo conversando, cuando a José se le ocurrió preguntar por las víboras.

El Chone se puso serio y nos dijo…

_…lo que hay acá es una víbora que se llama La Llorona, es una víbora que tiene alas.

_ ¿ Alas? Preguntó José como para seguirle la corriente.

_ Sí, alas. Pero sólo sale de noche y llora como mujer.

José y yo nos miramos tentados, pero entre nosotros no había tanta confianza como para reírnos.

El Chone siguió con su relato sobre la víbora, y nos contó que a veces el llanto se escuchaba desde el rancho.

José se iba poniendo cada vez más colorado.

Y para rematar la Aurelia aclaró:

_ Nosotros a eso de las siete ya nos volvemos para que no nos agarre la noche, porque si te pica, eso si, ahí te morís.

…José no aguantó más y yo lo seguí a las carcajadas. El Chone y la Aurelia trataban de convencernos de la veracidad de los hechos y como prueba agregaron que ¡ hasta vacas muertas habían encontrado ! Realmente estaban convencidos y nos miraban serios y desconcertados, mientras nosotros estuvimos como diez minutos matándonos de risa.

Volvimos al galope y cuando llegamos la cena ya estaba lista.(¡Cómo come esta gente!).

A la hora de dormir yo tuve suerte porque el Chone era el único que tenía habitación propia, en cambio a José le tocó acostarse a los pies del Moncho, y compartir la habitación con otros cinco hermanos. Un verdadero coro de ronquidos y flatulencias tuvo que soportar el pobre.

A las seis ya todos estaban levantados y nos llamaron para desayunar. Los peones habían preparado un suculento guiso de lentejas con chorizo colorado, que José comió con ganas. Yo preferí tomar sólo un mate cocido

Como la Aurelia tenía que revisar y hacer el tacto a las vacas preñadas, José salió sólo a galopar. En su paseo encontró un arroyito, se maravillo con la gran vegetación y las piedras coloradas que emergían desde el suelo. Estaba deslumbrado ante tanta belleza, sumergido en sus pensamientos, cuando percibe ojos y unas pisadas livianas acercándose. Lo primero que se le vino a la mente fue la Llorona, pero enseguida reaccionó diciéndose que estaba loco si creía en esa historia. Al darse vuelta, se encontró con unos veinte ñandúes vigilándolo de cerca. Al principio se sintió intimidado, pero después de unos minutos al ver que no representaban ninguna amenaza los observó con la misma curiosidad que ellos a él. En medio de todo ese encantamiento, un ácido emergió desde su estomago hasta la garganta y se sintió morir.

Cerca de las doce del medio día la Aurelia se empezó a preocupar porque José no volvía.

Al rato vemos que a lo lejos se acercaba una caravana de ñandúes hacia al rancho, atrás venía el caballo, pero del novio ni rastros. Cuando llegaron José estaba colgado a modo de montura sobre el lomo del caballo. Después de un té de yuyos silvestres que la Aurelia le preparó despidió a mares el desayuno de lentejas que su estómago no pudo digerir.

Terminamos el domingo ilesos de picaduras de víboras aladas, pero con el estómago un poco revuelto de tanta comida.

De regreso, camino al pueblo, ya con más confianza, José me dice bajito como para que nadie lo escuche… “Esta gente es de campo…campo”



Bar - Librería Ross - Rosario - Argentina

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