Mostrando entradas con la etiqueta anila rindlisbacher. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta anila rindlisbacher. Mostrar todas las entradas

miércoles, 31 de mayo de 2023

¡ Estos eran de campo...campo !

Esta historia se desarrolla en un campo entre Curuzú Cuatíá y Monte Caseros (Ctes.) y está inspirada en un chat entre José y yo.



A medida que terminaban la primaria en la escuelita rural, a los Mandieta los mandaban a estudiar al pueblo. Al principio no me había fijado en ellos, pero cuando llegó el Chelo que tenía su pinta les empecé a prestar atención.

_ Cuántos hermanos tenés Chelo ( le preguntó mamá la primera vez que vino a casa)

_Doce

_¿Dos? Insistió mamá pensando que había escuchado mal.

_ No, doce señora.

Mamá me miró de reojo… y yo conociéndola desvié la mirada.

Una noche muy tarde, cerca de la una de la madrugada, estábamos con mis compañeros de curso pintando la calle principal del pueblo para promocionar el baile que organizábamos con motivo de la primavera, con el fin de juntar plata para el viaje de egresados. En una de esas aparece el Chelo y se pone a conversar. Como era muy tarde, se ofreció a llevarnos a cada una a su casa y a mí me dejó última en el reparto.

Cuando llegamos a mi puerta me invitó a tomar mate.

_ ¿ Mate?! No, no, otro día… además no puedo hacer ruido en casa a esta hora, me matarían.

Cuando terminé de decir eso, el Chelo saca de la galera un termo y un mate con yerba usada.

No pude negarme y por cortesía acepté … y así entre mate y mate…

Al otro día me desperté y él estaba en la puerta de casa para llevarme a la escuela, porque resulta que ya éramos novios.

Al tiempo se terminaron de instalar todos sus hermanos en el pueblo en un casa que los padres compraron para que puedan estudiar. Desde la primera vez que fui, los hermanos me recibieron con mucho cariño. Pero “ sus costumbres “ eran muy distintas a las mías. Vivían de una forma totalmente desordenada. Cada vez que entraba a la casa me daba la impresión que había pasado un tornado. La mesa del comedor siempre estaba llena de platos y vasos sucios que habían quedado de la noche anterior. Tazas, restos de pan y frascos abiertos de mermelada del desayuno del día. El sillón del living parecía “ el cuartito del fondo”. Cada uno que pasaba tiraba algo encima: ropas, cuadernos, mochilas, cacerolas, pelotas, cáscaras de naranja, cajas de videocasete, revistas, diarios y en medio de todo eso hasta había un gato acurrucado, que si estabas desprevenido y te sentabas arriba de esa montaña, el gato pegaba un salto y te hacía morir del susto.

Yo a José sólo lo conocía de vista.

Un día el Chelo me invitó como para oficializar la relación a pasar un fin de semana al campo que quedaba a unos 40 kilómetros del pueblo. Tenían unas 3700 has. aproximadamente, con lo cual yo pensé que tal vez el desorden de la casa era por el hecho del poco espacio comparado el Casco de Estancia , donde seguramente tenían habitaciones para cada uno de sus hermanos y un harén de servidumbre a su disposición.

Yo me preparé como para ir a una Villa a La Toscana…

Cuando llego me encuentro con que,el casco de estancia, se trataba de dos techos a dos aguas en el medio de la nada, unos tinglados donde guardaban sus camionetas y en vez de un harén de servidumbre, unos pocos peones que corrían de un lado al otro tratando de cumplir con las órdenes y contraórdenes que impartía a los gritos Don Mandieta.

Cuando bajo del auto con mis modestos, pero elegantes atuendos, lo encuentro a José que también había sido invitado por la Aurelia, la quinta de las hermanas.

Como no había agua potable, después de comer el cordero que asesinaron colgado de un paraíso bajo la mirada atónita de José y mis ojos conteniendo las lágrimas ante semejante espectáculo a mi criterio de salvajismo, tuvimos que lavarnos los dientes con agua de pozo que nos trajeron en un tacho de aceite de cinco litros al cual le habían puesto una manija de alambre.

El Chelo y la Aurelia llegaron con los caballos ensillados para invitarnos a recorrer el campo. Íbamos de lo más tranquilo conversando, cuando a José se le ocurrió preguntar por las víboras.

El Chelo se puso serio y nos dijo…

_…lo que hay acá es una víbora que se llama La Llorona, es una víbora que tiene alas.

_ ¿ Alas? Preguntó José como para seguirle la corriente.

_ Sí, alas. Pero sólo sale de noche y llora como mujer.

José y yo nos miramos tentados, pero entre nosotros no había tanta confianza como para reírnos.

El Chelo siguió con su relato sobre la víbora, y nos contó que a veces el llanto se escuchaba desde el rancho.

José se iba poniendo cada vez más colorado.

Y para rematar la Aurelia aclaró:

_ Nosotros a eso de las siete ya nos volvemos para que no nos agarre la noche, porque si te pica, eso si, ahí te morís.

…José no aguantó más y yo lo seguí a las carcajadas. El Chelo y la Aurelia trataban de convencernos de la veracidad de los hechos y como prueba agregaron que ¡ hasta vacas muertas habían encontrado ! Realmente estaban convencidos y nos miraban serios y desconcertados, mientras nosotros estuvimos como diez minutos matándonos de risa.

Volvimos al galope y cuando llegamos la cena ya estaba lista.(¡Cómo come esta gente!).

A la hora de dormir yo tuve suerte porque el Chelo era el único que tenía habitación propia, en cambio a José le tocó acostarse a los pies del Moncho, y compartir la habitación con otros cinco hermanos. Un verdadero coro de ronquidos y flatulencias tuvo que soportar el pobre.

A las seis ya todos estaban levantados y nos llamaron para desayunar. Los peones habían preparado un suculento guiso de lentejas con chorizo colorado, que José comió con ganas. Yo preferí tomar sólo un mate cocido

Como la Aurelia tenía que revisar y hacer el tacto a las vacas preñadas, José salió sólo a galopar. En su paseo encontró un arroyito, se maravillo con la gran vegetación y las piedras coloradas que emergían desde el suelo. Estaba deslumbrado ante tanta belleza, sumergido en sus pensamientos, cuando percibe ojos y unas pisadas livianas acercándose. Lo primero que se le vino a la mente fue la Llorona, pero enseguida reaccionó diciéndose que estaba loco si creía en esa historia. Al darse vuelta, se encontró con unos veinte ñandúes vigilándolo de cerca. Al principio se sintió intimidado, pero después de unos minutos al ver que no representaban ninguna amenaza los observó con la misma curiosidad que ellos a él. En medio de todo ese encantamiento, un ácido emergió desde su estomago hasta la garganta y se sintió morir.

Cerca de las doce del medio día la Aurelia se empezó a preocupar porque José no volvía.

Al rato vemos que a lo lejos se acercaba una caravana de ñandúes hacia al rancho, atrás venía el caballo, pero del novio ni rastros. Cuando llegaron José estaba colgado a modo de montura sobre el lomo del caballo. Después de un té de yuyos silvestres que la Aurelia le preparó despidió a mares el desayuno de lentejas que su estómago no pudo digerir.

Terminamos el domingo ilesos de picaduras de víboras aladas, pero con el estómago un poco revuelto de tanta comida.

De regreso, camino al pueblo, ya con más confianza, José me dice bajito como para que nadie lo escuche… Estos son  ¡de campo…campo!



Bar - Librería Ross - Rosario - Argentina

martes, 1 de febrero de 2011

Presentación de las historias de Don Mandieta

Don Mandieta, es un "personaje" de los que podemos encontrar en cualquier pueblo del nordeste de nuestro país. En este caso, lo situé en Monte Caseros (Ctes) mi pueblo natal, donde nací y viví hasta los 17 años.

Estos relatos, los escribí con la colaboración de algunos amigos que conocí en ClarínBlogs y que con mucha generosidad me contaron historias parecidas que hicieron enriquecer a las mías.

Muchas gracias a : Ricardo desde Brasil ( co-autor de algunos cuentos) a JEG ( El José) por contarme historias de su infancia en Calchaquí ( Santa Fé) a El Tole, por sus maravillosos dibujos y a todos los amigos que aparecen como personajes ( y a los cuales se los puede conocer a través de un link) por prestarse con humor a participar en las historias.








La historia Comienza AQUÍ ( seguí los links )

Chamamé que inspiró uno de mis relatos: ( clic en play)


lunes, 31 de enero de 2011

Colorado furioso...quedó Don Mandieta


 Después del casamiento de la Aurelia con el José, doña Mandieta decidió separarse de su marido. Ya en el casorio, el viejo, con unos vinos de más, se hizo el pícaro y bailó toda la noche con una vecina de la Colonia.
En el pueblo se decía que tenía otra mujer, una peluquera  del Chilcal, un barrio alejado del centro.
La Doña, cansada de los rumores, embaló sus cosas y se fue a vivir a la colonia con algunos de sus hijos más chicos, y no tardó ella en conseguir compañero. Lo bien que hizo.
Don Mandieta se quedó en el pueblo, atendiendo la carnicería y a cargo de los más grandes que estaban terminando el secundario. El rumor que tenía “otra” crecía y la curiosidad de la gente del pueblo por conocerla era cada vez mayor, pero  hasta entonces nunca se lo había visto acompañado, a decir verdad.
Una noche de carnaval….
Las comparsas desfilaban sobre la Avenida Alvear, y sobre la vereda se alquilaban mesas- improvisados bares para tomar algo- y sillas, para sentarse mientras se esperaba el paso de las comparsas.
En el intermedio del paso de una y otra agrupación  quedaba un espacio de tiempo de aproximadamente media hora; la gente aprovechaba para beber o comer algo.  También se hacían sociales, se saludaban, se cruzaban de vereda a vereda para charlar o intercambiar algún chisme.
El paisaje era tranquilo, colorido, alegre  y repetitivo, hasta que en eso aparece Don Mandieta  caminando  por el medio de la calle de lo más sonriente dirigiéndose hacia la mesa que tenía alquilada. Su nueva mujer, unos pasos más atrás - en otro momento hubiese sido la atracción principal-  pasó a segundo plano, pues lo que llamaba la atención era el color del pelo del viejo.  Ella lo había teñido de colorado furioso. Parecía un gallo rojo de riña, con los pelos de punta, duros, casi como un puercoespín enojado a punto de atacar. Evidentemente a la peluquera se le había ido la mano con el color.
Él, sin percibir siquiera las miradas atónitas de los asombrados vecinos, saludaba con la mano en alto, sonriente como siempre, como si fuese un integrante  más de la comparsa.
…………………………………………………………………….
En eso, Don Filippo, -el vecino italiano que vivía en el campo lindero al que tenía Don Mandieta en la colonia-  sobrevolaba la Avenida Alvear en su avioneta, curioso de ver “esas chicas en bikini” de las que tanto le habían hablado. Estaba de lo más entretenido mirando a través de sus prismáticos cuando de repente divisa un foco de incendio. Revisa el asiento de atrás y confirma que efectivamente lleva su matafuegos “re-cargado”; decide aterrizar sobre la Avenida en una arriesgada maniobra que casi le cuesta la vida a tres disfrazados vestidos de policías viales.
No se había apagado el motor cuando el valiente de Don Filippo, abre la compuerta de una sola patada y salta como un rayo del asiento de la avioneta. Se le complica un poco con la traba de seguridad del matafuego, pero al final logra destrabarlo y apunta directo a la cabeza encendida de Don Mandieta, pensando que se trataba del “ foco de incendio”.
Cuando el viejo se siente bañado de espuma, cree que se trata de “lanza nieve”. No se achica y ahí nomás se da vuelta para devolverle el baño a su “ supuesta agresora”….
_ ¡Ah! ¡ Era Ud. Don Filippo!  ¡ Hombre grande! ¡ La nieve se la tiene que tirá a las gurisas, no a mi pué chamigo!
Don Filippo, entendía muy bien el castellano, pero no lograba comprender cuando hablaba su vecino. Sin salir de su asombro, lo saluda asustado, pidiéndole disculpas.  Pero Don Mandieta, totalmente ajeno a lo que realmente había sucedido le dice: _ No te hagá ningún problema pue chamigo, si se lavó la tintura mañana mismito mi guaina me tiñe de nuevo. Y lo invita a sentarse a su mesa, para disfrutar juntos del desfile de las “ famosas chicas en bikini”.

Bar Vieja Estación – Parque Urquiza – Rosario – Argentina
Ilurtración: El Tole

Sí, Sí...dijo el José...







Por Anila Rindlisbacher y Ricardo desde Brasil


El cielo amaneció despejado, y el sol a eso de las siete ya empezó a entibiar. Desde muy temprano esa mañana sonaban en la radio unos chamamés alegres, como presagio de lo que sería un día festivo en el campo de los Mandieta.
A eso de las diez, llegó el cura Oscar en su viejo rastrojerocargando su valija con algunos sagrados objetos de ceremonial, entre los cuales atesoraba un moscato para el rito y para después del mismo.
En el rancho adornado con guirnaldas de colores, terminaban los preparativos del casamiento.
La Aurelia , la tercera de los Mandieta, se iba a casar con el José, ese muchacho de pueblo un tanto picarón pero de buen corazón.
Detrás de la casa, Don Enrique asaba un cordero, un lechón y una vaca, animales asesinados unas horas antes en el tinglado.
Mientras tanto, silenciosamente iba llegando todo lo necesario: barras de hielo, damajuanas de vino, cajones con cerveza y gaseosas.
Cuando Pedro y Miguel asomaron con sus estuches de guitarra, un alegre alborozo recorrió las filas de sillas donde las mozas, entre las que se encontraba la Claudia , esperaban inquietas.
Apenas los músicos empezaron a afinar los instrumentos, el Arriero, hermano del novio, le cabeceó a la Claudia quien aceptó su invitación pero le aclaró de un solo suspiro cuando él la tomó de la cintura: nofumonobebonibailoapretao. Condición que él aceptó sin titubear, deslumbrado ante esa rubia de generoso escote. Enseguida se sumaron otras parejas y el bailongo comenzó.
……………………………………………………………………………
El cura preocupado porque el casorio se transformase en unamera bailanta, llamó a los novios con una campanita y sin más empezó la ceremonia.
_ Sí quiero, dijo la Aurelia ante la mirada de toda la gente de lacolonia como testigo. Cuando llegó el turno de José, se escuchó un incómodo silencio.
El novio palideció, la mirada se le puso en blanco, sus piernas comenzaron a temblar y un frío le recorrió toda la columna vertebral, mientras se le cruzaban por la cabeza imágenes del tendal de guainas que dejaba llorando y sin esperanzas; compungido se desmayó, desplomándose sobre el cura, quién no pudo sostenerlo y cayó de espaldas dando su cabeza sobre el improvisado altar de madera.
A alguien se le ocurrió tirarles un baldazo de agua helada, sacada del pozo a las apuradas. El traje quedó empapado, pero el novio reaccionó. EL cura se puso de pie medio mareado, y volvió a preguntar al mismo momento en que la Aurelia le consultaba al oído al José:
_ mi chino ¿ estás bien?
_Sí, sí, dijo el José y el monosílabo sirvió para formalizar la boda como así también para asentir que se encontraba repuesto. Se escuchó un sapucay y la fiesta prosiguió.
Cuando la Aurelia tiró el ramo, fue la Claudia quien lo agarró; contenta lo buscó al Arriero por todos lados pero éste,misteriosamente, había desaparecido.







Ilustración: El Tole
Bar Vieja Estación – Parque Urquiza – Rosario – Argentina