lunes, 31 de enero de 2011

Azi...Azí... dijo Don Mandieta...


Por Anila Rindlisbacher y Ricardo desde Brasil
Los vecinos italianos del campo de Don Mandieta , habían comprado una avioneta para moverse entre la estancia y el pueblo o hacer diligencias a los pueblos vecinos.
Estaban entusiasmados, los tanos, con su nueva adquisición, turnándose para hacer pequeños vuelos sobre el campo y alrededores pues el número de pasajeros era limitado.
Don Mandieta, que estaba en su campo, veía pasar una y otra vez la avioneta y le entró curiosidad de verla de cerca; subió a su F100 y fue directo a lo de los italianos, esos vecinos avanzados que siempre lo sorprendían con aparatos de comunicación, autos llamativos y ahora con ese pájaro de lata.
Llegó y fue muy bien recibido, como siempre. Aunque rara vez ellos comprendían lo que quería decir, pues Don Mandieta mezclaba un poco el español con palabras en guaraní o tenía expresiones a media voz, que a los italianos se les escapaban y más de una vez no sabían qué había querido decir ese vecino, por quien tenían mucho aprecio, pero al que consideraban un poco primitivo.
Estaban conversando de lo más entusiasmados cuando alguien dijo: – ¡ a ver…ahora le toca a Don Mandieta!. Éste agachó la cabeza y empezó a recular de forma lenta y astuta, a la manera de los indios cuando quieren irse.
Pero el propietario de la estancia y la avioneta, Don Filippo, percibió la maniobra y sin darle oportunidad le cortó la retirada diciéndole: – ¡ vamos a ver Don Mandieta, qué le parece la estancia desde el cielo…! Y agregó: – Usted que hace proezas de a caballo y anda persiguiendo cuatreros de noche, ¿ no va a tener miedo, no…?
Don Mandieta que ya había comenzado la retirada lentamente, al escuchar esa insinuación, se clavó de golpe, justo antes de subirse a su camioneta.
Ahí nomás pegó media vuelta y encaró sacando pecho para la avioneta parada en el campito y con el motor en marcha; mientras Don Filippo , socarrón, mojaba el gran cigarro habano en una copita de licor “ Benedictine” y lo succionaba con disfrute, soltando nubecitas azules.
Y allí se fue Don Mandieta al cielo, mientras todos reían y hacían chistes pues sabían que este nativo vecino nunca había subido a nada que volase; mientras crecía la ansiedad por escuchar lo que diría a su regreso.
Al cabo de un rato aterrizó la avioneta, se paró el motor y el piloto abrió la puerta y desplegó la escalerita.
Bajó Don Mandieta muy serio, un poco pálido, con sus bombachas marrones, la camisa blanca transpirada, las botas embarradas y el sombrero negro y bajito con el barbijo en el mentón.
Dio unos pasos por el campito, y todos se fueron acercando en grupo y en silencio absoluto.
Recorrió la mirada por los rostros de los ansiosos espectadores, y levantando el brazo derecho extendió el dedo pulgar y luego el índice, retrayendo los otros tres. Entre estos dedos había una distancia de aproximadamente cinco centímetros y entonces dijo muy excitado:
_ AZI! AZI!
El silencio del grupo continuó total.
_ AZI SE VEÍAN LAZ VACAS DESDE ALLÁ ARRIBA!!!
El asado que se hizo por la noche, fue para festejar con igual intensidad la compra de la avioneta como la anécdota de Don Mandieta, quien estaba tan contento que la sacó a bailar a Doña Assunta , que nunca en su vida había bailado un chamamé, y jamás había tenido un contacto físico tan cercano con su primitivo vecino.


Ilustración: el tole
Bar Vieja Estación -Parque Urquiza - Rosario -Argentina

ANTERIOR


Se excedió Doña Mandieta...


Los Mandieta , eran una familia que no sabía medirse en casi nada, y por ende, caían con frecuencia en algunos excesos.
Exceso de hijos, eran doce hermanos; exceso de libertad, Don Mandieta tenía la costumbre de moverse libremente desnudo por su casa y hasta atendía la carnicería con un delantal como único atuendo, sin llevar nada abajo, para espanto de las clientas; exceso de alcohol, en algunas oportunidades gustaba de beber un poco más de la cuenta y salía a dar vueltas en la F100 por la avenida principal del pueblo a gran velocidad, haciendo sonar un chamamé que se escuchaba hasta diez cuadras a la redonda y pegando unos sapucay en cada esquina, como anunciando que iba a cruzar la calle, en vez de tocar bocina o hacer seña de luces.
Ellos se movían en el pueblo, como lo hacían allá en el campo ; donde los espacios son amplios y casi no hay reglas de convivencia entre los vecinos, porque una casa está alejada de la otra por cientos de hectáreas. Entonces nadie se entera qué pasa de un rancho a otro.
A Doña Mandieta, como a todos en la familia, le gustaba disfrutar de grandes asados de carnes de vaca, cordero, ternero; animales que eran degollados colgados de una soga patas para abajo a sangre fría en el patio trasero de la casa. Allí había también una mesada: un tablón con caballetes, que era donde envasaban ellos mismos, las morcillas y los chorizos. Debido al gran calor, en ocasiones, Don Mandieta se sentaba desnudo en un extremo del tablón y ponía manos a la obra después de haberse refrescado con un balde de agua por la cabeza para apaciguar los 39 grados que solía hacer y que se sentían aún más debido a la chapa de zinc del techo del tinglado donde estaba la mesa de trabajo.
Además de los asados a la Doña también le gustaba mucho la sandía, sobre todo en verano. Solía colocar dos o tres en la heladera de la carnicería para comerlas después de una siesta reparadora.
Una tarde se sentó bajo el paraíso, en la vereda de su casa, con una rodaja de sandía bien fría y un cuchillo para ir comiendo de a trocitos. Cuando terminó la primera rodaja, se volvió a servir, estaba tan sabrosa y fresca…
Despacito y sin darse cuenta, se comió una sandia entera, que en el primer momento, sólo la hizo sentir un poco llena; pero luego empezó a ponerse colorada, se hinchó, no podía respirar y empezó a despedir una espuma blanca por la boca. Justo en ese momento llegó José , que venía a visitar a la Aurelia , y gracias a que le hizo respiración boca a boca, la Doña no estiró la pata ahí mismo.
Cuando la Aurelia salio a la vereda y vio a José tirado sobre su madre besándola en la boca, agarró una escoba y empezó a darle escobazos por el lomo, hasta que el pobre José golpeado y todo babeado, pudo explicarle que estaba tratando de salvar la vida de la Doña.
Aclarada la situación, rápidamente la subieron a la camioneta y la llevaron hasta el hospital. Se salvó de milagro y pronto regresó a casa feliz y sonriente.
Y todo gracias a la astucia de José !!!
Pronto el tema quedó olvidado, pero cada vez que quiere comer sandía, la Aurelia la supervisa y no le permita más que una pequeña rodaja. Y el José, por las dudas, no pasa más de medio día a visitar a su novia, pues el sabor amargo de la baba espumosa de Doña Mandieta le quedó impregnado en la boca y encima aún no se recupera de las marcas de los escobazos.
Ilustración: El Tole

Donde se habrá metido el José....



Este relato esta inspirado en el chamamé “Bar y Pista” del Poeta Mario Bofill

El domingo a las 20:05 pasó el Chelo por casa en su F-100 roja, cargada de hermanos apilados en la parte de atrás. Tan parecidos entre ellos y con tan poca diferencia de edad, que al principio, hasta a mí se me hacía difícil distinguir entre uno y otro. Sentada adelante, oronda, ocupando el lugar de hermana mayor, la Aurelia y muy sonriente a su lado José.
Subí a la camioneta y partimos a Colonia Libertad, riéndonos de mamá que no terminaba más de darnos recomendaciones.
_ ¡Ojo con las vacas en el camino!_ ¡ Que no se les vaya a cruzar una!
Como el camino era de ripio , teníamos que ir despacio. Si no, corríamos el riesgo de perder a uno de los gurises o efectivamente, como decía mamá, atropellar a alguna vaca suelta.
Llegamos sanos y salvos, pero con tierra hasta por las orejas. Antes de entrar al baile, el Chelo dio la orden de que a las seis nos encontremos todos en la F-100.
Nos sentamos en una mesita para cuatro. Los hermanos más chicos no contaban. Viendo que José no aparecía, la Aurelia salió a bailar con un tal Felipe Suárez.
Bailaron toda la noche. Resulta que Felipe hacía tiempo que la venía pretendiendo, pero como ella siempre estaba con José, él no tenía oportunidad de acercarse. Aprovechando que estaba sola, le propuso que fueran novios. Pero ella ni lo escuchaba y no dejaba de preguntarse _¿dónde se habrá metido el José?. En eso, el locutor anunció que había un muchachito en el baño que no había pagado la entrada, y que si no salía, se le iba a ir a cobrar en el mismo lugar.[1]
_ Seguro que ese es él José, pensó la Aurelia. _ ¡Qué vergüenza!, _ ¿Cómo no me avisó que no tenía plata para la entrada?, yo misma se la hubiese pagado._ ¡ qué va a decir la gente de la colonia!
Alrededor de las seis, los músicos, cansados, en un nuevo intento por despedirse anunciaron por enésima vez que “éste”sería el último chamamé; y así empezaron a tocar una vez más “Bar y Pista”, el más solicitado.
Salimos esquivando cuerpos; los hermanos fueron apareciendo uno a uno hasta que se completó la docena. Estábamos todos, sólo faltaba José.-
_ ¿Dónde se metió el José ?, preguntó el Chelo entre desconcertado y enojado. Él tampoco lo había visto en toda la noche, pero con el entusiasmo del baile se le olvidó por completo el novio de su hermana.
_ ¿ No será que es el que está escondido en el baño?, dijo Fulón, uno de los más rubiecitos de los hermanos Mandieta.
Cuando fueron a ver, encontraron a José en el baño. Pero no escondido para no pagar la entrada, ese, sería otro muchachito.¡José estaba atado de pies y manos a una silla, con un pañuelo en la boca para que no gritara!
Lo desataron y después que recuperó el aliento, contó que escuchó que eran los compinches de un tal Felipe.
Si no fuese por la novia, los hermanos le hubieran dado una buena paliza a ese Felipe, pues a pesar de que al principio, le tenían desconfianza, le habían tomado cariño al José.-
Subimos a la camioneta y cuando me quise acordar, ya habíamos pasado los 30 Km. de ripio y estábamos llegando a Monte Caseros. Me quise morir cuando vi. que eran las nueve de la mañana. Mamá seguramente me estaría esperando furiosa en la vereda. Así que tuve que inventar una historia para contarle, para que no me retara, pero eso, es otro cuento.-




Ilustración: El tole
Bar Vieja Estación – Parque Urquiza – Rosario- Argentina

[1] Frase reproducida del tema original Bar y Pista de Mario Bofill