lunes, 17 de junio de 2019

Escasa comunicación

La Mari, es mi prima la del campo. Ella, como todos sus compoblanos tiene una extraña forma de comunicarse que es la de casi, no comunicarse.
La Mari vive en Pucheta,  un pueblito del interior de Corrientes. Hace unos años vivían alrededor de unas cien familias, donde el promedio de hijos era de diez, por cada vientre fértil.
Cuando yo era chica, iba con frecuencia porque allí vivía mi difunta abuela Faustina. La abuela, como todas las mujeres del pueblo, también tuvo diez hijos: seis varones y cuatro mujeres, de las cuales tres se casaron como Dios manda,  una de ellas es mi mamá, y de ese vientre fértil vengo a nacer yo.
Para vergüenza de la abuela, otra hija desgraciada se embarazó sin candidato que venga a ofrecerse de marido. Nueve meses de encierro tuvo que padecer la pobre porque los vecinos no debían enterarse. _ ¡Vaya a saber uno quien sería el padre de la criatura! Dirían las malas lenguas…
 En esa época no existían los cuidados de ahora, y la  abuela nunca le había explicado nada a la tía Lidia.
Así vino al mundo la Mari. Fue criada por la abuela Faustina como una hija más, entre tantas criaturas, nadie se dio cuenta de su presencia, y en agradecimiento a la bondad de la abuela de no darla en adopción, ella fue quién la cuido y estuvo a su lado hasta el último suspiro.
Vinieron todos para el sepelio, sólo faltó la  tía Mercedes, porque vivía en Buenos Aires y el tren tardaba más de veinticuatro horas en llegar  hasta Pucheta. Ella  tenía que atender a su marido y al Jorge, su único hijo. Ella había ayudado mucho  a la abuela en vida, no faltó mes en que no  mandara una caja con mercaderías, dulces que en Pucheta no se conseguían y una platita entremezclada entre los fideos para pagar la cuenta del almacén.
Así que nadie se enojó. Pobre tía Mercedes, por esas cosas del destino cuando ella falleció tampoco pudieron ir todos sus hermanos, sólo fueron los que estaban viviendo en Buenos Aires, y mi mamá que viajó dieciséis horas en tren para llegar, pero de los que vivían Pucheta ninguno pudo ir a despedirla.
Mientras la abuela vivía, la Mari no podía ni pensar en casamiento, hijos, o un proyecto de vida propia. Y cuando la abuela murió, tenía más de treinta años. Estuvo toda su vida cuidando a una anciana, porque la abuela ya era anciana cuando la Mari nació. Así fue que, cuando se quedó sola estaba tan acostumbrada al modelo de anciano, que se casó con otro viejo,  que después, al poco tiempo también murió. Pero al menos le dejó una casa que es donde vive actualmente con su nuevo marido que es más  joven y es posible que le de un hijo, eso sería una bendición de la Virgencita de Itatí. 
Cuando la abuela vivía, íbamos con mi mamá a visitarla casi todos los meses.
De la estación de trenes hasta la casa de la abuela, había unos cinco kilómetros de distancia, no más de lo que hoy camino habitualmente como ejercicio físico. Pero, en el campo, bajo el rayo del sol, a temperaturas de treinta y ocho grados, y cargados con bolsones con dulces, yerbas, harinas y fideos, esos cinco kilómetros eran una eternidad. Siempre nos esperaba la Mari y cargaba las bolsas más pesadas. Mamá siempre llegaba descompuesta y con baja presión y yo que era muy chica para cargar esas bolsas, iba jugando y corriendo al lado de ellas.

Hay mucho para contar de esas visitas, nunca me voy a olvidar del dulce de leche casero de Mamana, la vecina más cercana de la abuela, que caminando rápido, cruzando campos y sin garantías de no ser picados por una víbora, llegábamos a su rancho en una media hora. Pero valía la pena, porque el dulce de leche de Mamana era único para nosotros, aunque la Mari después que lo comíamos nos decía que estaba hecho con leche de la propia Mamana…con sólo mirarla a la pobre vieja cualquiera se daría cuenta que era imposible por su edad, pero nosotros éramos chicos y al ver  a Mamana sin dientes nos moríamos del espanto al pensar que el dulce salía de sus entrañas.
De los tres mil habitantes que tenía Pucheta, actualmente sólo deben quedar unos mil.
Los jóvenes lograron emigrar a pueblos vecinos, un poco más grandes, en busca de progreso. Los demás se fueron muriendo. El número de hijos por familia disminuyó, porque el miedo a las enfermedades llega a todos los rincones del planeta y algunos han tomado conciencia y compran los preservativos en el almacén de Don Ramón, aunque no lo piden en el mostrador, si no que van por la puertita de atrás.
En Pucheta hay dos formas de enterarse de una noticia sea buena o mala, la principal es la radio AM, que suena desde las cinco de la mañana en todos los ranchos, y es por donde los parientes y amigos de pueblos vecinos que corren con la misma suerte de Pucheta se comunican entre sí.
En los mensajes rurales se escuchan mensajes tales como:
Para Teodoro García de Parada Pucheta
Teodoro, te esperamos el domingo en el kilómetro 32 a las 11; no olvides traer las gallinas para el guisado.Firma. Antonio Gabardi

Para Ernesto Romero de Parada Libertad
Ernesto, no pude ir el jueves por la lluvia, el carro se quedó en el barro. Firma Jaime Ortiz.
Para Ramón González de Parada Bomplan
_Moncho, las vacas están apestadas, vení urgente con el veterinario. Y no te olvides de traer lo que te encargó la Estela, dice que vos ya sabes que es. Firma Julián Vargas.
Y la otra forma es la de recibir mensajes en el único teléfono que hay en el pueblo,  que está en la oficina de correo. Pero eso  lo voy a dejar para más adelante porque no puedo dejar de compartir con Uds. otros recuerdos que me invaden la mente.
Después que la abuela murió, nunca más fuimos a Pucheta, pero no dejamos de tener contacto con la Mari, porque ella cuando menos la esperamos, aparece en casa por la puerta de atrás, como siempre, como que nada hubiese pasado en casi tres años que no la vemos y siempre nos hace visitas de varios días.
Para nosotros es una fiesta, porque en esos días además de deleitarnos con las historias que nos cuenta de los menchos, que son sus pares, pero de quien ella se ríe con ganas, nos cocina todo tipo de exquisiteces que en mi casa no hacen más porque los médicos lo prohibieron por las calorías y el colesterol.
En esos días comemos suculentos guisos, y pasamos largas tardes de mate y torta frita. Durante esas semanas, la Mari ayuda en las tareas de la casa, juega con nosotros a las escondidas, nos cuenta historias de ánimas que andan sueltas en el campo y que nos dejan traumados hasta varias semanas después que se fue.
Así como vino, un día se va…  y no volvemos a saber nada de ella hasta dos o tres años más tarde.
Cada tanto, llamamos al correo de Pucheta y hablamos con Don Antonio, que es el único que todavía vive de la época de la abuela, él siempre estuvo en el correo.
_ Hola Don Antonio,  habla  la prima de la Mari
_ ¿Quién? ¿Qué Mari?
_ La nieta de Doña Faustina, Don Antonio, de Monte Caseros.
_ Ah sí, como anda UD?
_ Muy bien Don Antonio, gracias, lo llamaba porque quería saber como estaba la Mari.
_ ¿Que Mari?
_ La Mari, la hija de Doña Faustina Don Antonio…
_ Así….La Mari, bien, lo otro día anduvo por acá, ta gorda y linda como siempre.
_ Don Antonio cuando la vuelva a ver, podría decirle que nosotros andamos todos bien.
Sí, sí como no le via decí, sí.
_Hasta luego Don Antonio, muchas gracias.
_ No, no, de nada, chaucito Mari…
La Mari pasa todos los días por el correo, y siempre lo visita un ratito de paso, cuando hace algún mandadito.
Pero al pobre Don Antonio hace ya bastante le falla la memoria…
Pero un día, se acordó del llamado que le hice, y cuando la Mari  estaba casi a una cuadra del correo, alcanzó a escuchar…
_ ¡ Mariiii ! ¡ Mariiii ! ¡ Mariii !
_Sí!!!!! ¿Que pasa Don Antonio?
_ Te llamó tu prima la del pueblo dice que andan todo bien…
_ Ah! bueno, gracias, me voy porque me está esperando el Moncho, contesta la Mari con un gesto de saludo echando una mano atrás, como si a diario recibiera noticias nuestras…y sigue su camino sin alterar en lo más mínimo su ritmo




La silueta de Jesús

Las primeras salidas en grupo consistían en ir todos los domingos a misa a la Capilla San Ramón.
Me pasaban a buscar por la puerta de casa el Cacho, el Fabián, la Alejandra, el Daniel, la Cecilia y la Patricia.
La misa era a las cinco pero yo estaba lista desde las cuatro. Para mí era una salida especial porque me gustaba el Daniel Sánchez.
íbamos conversando las ocho o nueve cuadras hasta llegar a la capilla. Nos sentábamos siempre en la primera fila y yo trataba, disimuladamente, de sentarme al lado del Daniel. Sin embargo, el teatro era en vano porque ya todos sabían que me gustaba.
Cuando comenzaba la misa, nos poníamos serios y en silencio. Yo esperaba ansiosa la parte en que todos se saludaban con un beso. Esos fueron los únicos que nos dimos con el Daniel.
Terminaba la misa y, de nuevo, regresábamos todos.
Cuando cumplimos diez años nos dieron permiso para ir a la matinée los sábados. Para esas salidas yo no quería ponerme esos vestidos con volados y puntillas. Así que mamá me compro unos pantalones de corderoy, que los combinaba con pulóveres gordos de lana tejidos por Doña Tei.
Al cine, también íbamos en grupo y llegábamos siempre un ratito antes así podíamos comprar chocolates, galletitas y gaseosas antes de entrar a la sala.
Pasaban dos películas, la primera siempre era de relleno, la importante era la segunda. Entre una y otra había un intervalo de aproximadamente quince minutos. Ahí aprovechábamos para saludar a los conocidos. En realidad todos eran conocidos, sólo que con algunos uno tenía mayor afinidad (porque era del mismo barrio o asistía a la misma escuela).
Fue en el cine donde lo conocí. él siempre estaba presente en la sala porque era el acomodador.
Yo le tenía miedo.
Cuando iba al cine de noche con papá y mamá, él se acercaba y a mí me daba impresión.
Mamá me decía que él era bueno y papá lo saludaba animadamente como para darme confianza
- ¡¿Cómo andas Jesús?!
- Bien, decía Jesús con su hilo de voz y sonreía.
Yo lo miraba de lejos, escondida en el abrigo de papá. él me miraba y me ofrecía una sonrisa. Pero yo no se la devolvía. Sólo lo miraba asustada.
Cuando llegaba la hora de entrar a la sala Jesús nos acompañaba guiándonos con la linterna hasta la fila de asientos que nos correspondía.
Yo me ponía nerviosa cada vez que se acercaba a nuestra fila.
A la salida él siempre estaba en la puerta regalando a todos una mirada amable y una sonrisa de despedida
A veces, camino a la escuela, yo lo veía venir con sus ropitas de colores y su gorrita negra. Para evitarlo me cruzaba de vereda.
Cuando íbamos con papá a pescar a la cachuera, así llamábamos en el pueblo a una zona de la orilla del río donde había grandes piedras negras y un tanque de agua en desuso, siempre estaba Jesús con su mojarrero y su bolsita.
Muy a mi pesar, papá me hacía bajar del auto y, al acercarnos a la orilla, me obligaba a saludarlo.
-Hola Jesús, lo saludaba tímidamente.
-Hola, estoy pescando, me informaba con su hilo de voz.
Papá conversaba animadamente con él, mientras yo me alejaba con mi cañita lo suficiente como para no tener que participar de la charla.
Es que a mí, Jesús me daba miedo. Yo nunca había visto a una persona con su aspecto: medía no más de un metro veinte, estaba todo arrugadito y tenía una voz finita y aniñada. Pero se notaba que era un adulto.
Pasaron algunos años y, mientras Jesús seguía su rutina de la pesca, yo me transformé en una señorita.
Comencé a ir al cine de noche con algún chico que me invitaba y que por supuesto saludaba a Jesús con total naturalidad.
Como me daba vergüenza decir que le tenía miedo, empecé a saludarlo y, de a poco, a hablar.
Me lo encontraba en todos lados, ya que él siempre andaba deambulando. Jesús no tenía una casa propia. Dormía en la calle o en la casa de algún vecino.
Con el tiempo me fui enterando de su triste historia. Jesús había perdido a su mamá de muy chico. Tenía dos hermanos y no se sabía bien su paradero. Vivía de la caridad de la gente del pueblo. Todos lo querían. Era una personita que no hacía mal a nadie. Le gustaba jugar con los perros y con los niños. Casi todos se hacían amigos de él enseguida, pero siempre había algunas excepciones que, como yo, le temían.
Jesús también fue secretario del intendente: lo ayudaba en su despacho. Hacía tareas livianas, como diligencias o era el cebador de mates durante los viajes del intendente.
Jesús estaba en todos lados. Jesús era del pueblo. Nunca faltaba en las noches de carnaval. Siempre andaba entre las comparsas.
él esperaba durante todo el año un día en especial: la Navidad. Por alguna razón que desconozco le gustaba la Noche Buena.
Su familia eran sus amigos de la vida, de la calle, reales o imaginarios. No sería raro pensar que Jesús tenía amigos imaginarios y ángeles que lo acompañaban.
Jesús era niño, anciano, amigo, acomodador del cine, pescador. Era el que andaba siempre por las calles de Monte Caseros regalándole sonrisas (sin esperar nada a cambio) a todos los que se cruzaban en su camino.
Jesús era un misterio, nadie sabía a ciencia cierta cuál era la enfermedad que padecía. Se fue como vino, casi en silencio. A veces pienso que en cualquier momento me lo voy a encontrar. Y cuando paso por la cachuera me parece ver su silueta: agachadito, con su caña, esperando, paciente, en silencio.

Fuente: los datos sobre la vida de Jesús Bogado fueron extraídos de la investigación realizada por Fabiana Roda y Paola Levy.
















Paulino

Cuando Ana nos leyó el cuento El Hombrecito  con esa entonación que sólo ella puede lograr, yo sentí que estaba frente a la viva imagen del Paulino.
Aunque la historia es parecida, a mi me gustaría contarla. 
Paulino es una personita que esta presente en nuestra familia desde hace muchos años. Antiguamente fue la mano derecha de la abuela Hilda. La ayudaba en el almacén de ramos generales que tenía al lado de la casa. Él recibía los pedidos de los distribuidores que llegaban cargados con bolsas de harina, fideos, arroz, porotos, galletitas, pan. Todo venía a granel y se fraccionaba en bolsitas para la venta, de acuerdo a la necesidad de cada cliente. Las bolsas de harina eran de puro algodón tramado, gruesas; por eso una vez que cumplían su función contenedora, la abuela se las entregaba a  Doña Tei  para que haga sábanas para el invierno.
El abuelo, en esa época se dedicaba a la construcción, y a mi me gustaba ir a la obra, y a Paulino también. Sobre todo a ver como ascendían hacia el cielo, las casas de dos pisos que construía para lo ricos. Me asombraba el tamaño de las habitaciones, imaginaba terminados los baños,  subía por las escaleras. Me encantaba estar entre los escombros y los albañiles. Paulino y yo no faltábamos nunca los días de los asados, que se hacían como festejo cada vez que techaban una casa.
La abuela murió muy joven, yo era muy chica y nunca me dijeron de que murió, hasta el día de hoy para mi es un misterio. O tal vez los mayores comentaron, pero a lo mejor yo no entendí bien, porque tenía cuatro años cuando eso ocurrió.
De  chica, me parecía que la casa paterna  era  muy grande, y sin la presencia de la abuela mucho más grande. Todo parecía venirse abajo. La tía Yuyi no salía de su cuarto. El abuelo seguía trabajando como que si nada hubiera pasado. No era de demostrar sus sentimientos en público. El abuelo era de descendencia alemana, y era de esas personas que parecía tener un corazón frío. Pero no era así. Yo siempre he sabido recibir su cariño aunque no era un abuelo tradicional.
El pasto del fondo de la casa crecía, se caían de maduras las naranjas, las mandarinas, las guayabas y se podrían porque no había quien indique recogerlas para hacer jugos o dulces. Fue Paulino quien se encargó sigilosamente de realizar todas estas tareas sin que la tía, ni el abuelo advirtieran su presencia. Todos estaban inmersos en un silencio hermético. Cada uno a su manera expresaba su dolor. La tía en su cuarto de donde rara vez salía, y el abuelo trabajando hasta muy tarde, para no volver a la casa temprano.
Pero ellos no eran los únicos en la casa. Estaba también la Severa. Ella era la encargada de las tareas de limpieza y la que acompañaba
a la abuela en sus necesidades mientras estuvo enferma. Tenía su cuartito al lado de la cocina.
No se si la tía se recuperó, pero al año se casó y se fue a vivir a la casa de al lado. Era una casa que el abuelo había construido para cuando ella se casara y también le dejó el almacén, _ para asegurarte el futuro, Un día llegué a la casa del abuelo y entré como siempre… sin avisar  encontré con la Severa  acostada en la cama de la abuela.
Yo no sabía que decir…y no dije nada.
Al tiempo todos se enteraron que la Severa sería la nueva esposa del abuelo.
Paulino dejó de ir a la casa paterna, creo que no le caía muy bien esa nueva situación.
Nuestra casa, quedaba continua la casa de tía Yuyi. Es que el abuelo prevenido construyó una casa para cada hijo. Y así fue como Paulino ahora iba a mi casa.
Mamá enseguida encontró un montón de tareas para encomendarle.
En verano había que cortar el césped una vez a la semana. Vaciar la pileta, limpiarla  y volverla a llenar de noche para no dejar sin agua a los vecinos.
Había que podar las plantas del jardincito del  frente  y del patio de atrás. Mantener las bicicletas para que siempre estén en condiciones. Cambiar la garrafa cada vez que se terminaba el gas. Cada tanto limpiar el tanque de agua que estaba sobre el techo de la casa. Entre otras cosas cambiaba las lamparitas cuando se quemaban. Arreglaba una y otra vez la plancha, pintaba las rejas, y juntaba las hojas secas del paraíso en los otoños. Cuando el tiempo se lo permitía nos acompañaba hasta la escuela y la tarea más pesada consistía en una vez al año vaciar y limpiar el cuartito del fondo donde se guardaba de todo: la moto de mi papá, nuestras bicicletas, funcionaba de lavadero, salita de planchado, y también se guardaban algunas de las herramientas de trabajo del abuelo que mi papá las conservaba sólo como recuerdo, porque nunca supo usarlas.
Papá no servía para tareas pesadas, sólo era apto para trabajar sentado frente a una máquina de escribir en una oficina.
No sabíamos que hacía Paulino después que se iba de casa. Pero muchas veces mamá no lo dejaba entrar y lo mandaba de regreso. Entre ellos había una forma tácita de comunicación. Cuando Paulino venía entrando silbando tranquilamente, mamá lo recibía y le asignaba las tareas del día. Pero cuando Paulino venía sin silbar, mamá lo mandaba de regreso.
Terminamos la primaria y empezamos a cursar el secundario. Paulino ya no nos acompañaba a la escuela. Pero seguía viniendo a casa. A veces no había nada para hacer, pero mamá inventaba excusas para no decirle que se vaya o para que él no sintiera que le estaba dando un dinero como limosna.
Con mayor frecuencia Paulino entraba sin silbar, y con la misma frecuencia mamá lo mandaba de regreso.
Con la adolescencia yo dejé de prestar atención a su presencia. Pasaban días enteros en que no paraba en casa,  iba y venía con mis actividades del colegio y Paulino se fue haciendo invisible para mí. Después me fui a estudiar a Corrientes, la capital de mi provincia y mi vida fue desde allí muy vertiginosa, todo pasó tan rápido…
Para las fiestas de fin de año regreso a casa, pero siempre por pocos días, y me la paso de visita en casa de amigas.
A las doce y diez del nuevo año, Paulino siempre se presentaba en casa para brindar con nosotros y cuando se retiraba, mamá le entregaba un paquetito con pollo, carne, pan dulce y sidra.  _ Paulino, esto es para vos, le decía bajito. 
A mí, me daba gusto verlo, pero me repugnaba un poco su olor a alcohol y evitaba quedarme conversando mucho tiempo. Además ya no teníamos casi temas de que hablar.
Hace poco me enteré por papá que Paulino estaba internado en el hospital con una cirrosis muy avanzada.
Mi hermano y yo hace muchos años que ya no vivimos en casa, hicimos nuestra vida fuera de nuestro pueblo natal. Y en casa, con la ayuda de Dorita alcanza. Pero mamá no pierde la costumbre de contratar “un asistente,” como ella los llama.
Papá se jubiló y el ingreso ya no es el mismo. Pero allá… donde poco es mucho… y donde siempre viene bien un plato de comida caliente y compañía. A mamá se le ocurrió  llamar a Juancho y ahora el que entra silbando de vez en cuando es él.








Los otros

En las familias de antes, había cosas de las cuales no se hablaba. Había secretos que nunca eran revelados. Otros, a veces salían a la luz como en esta historia.
En el centro del patio de la casa de la tía Ester, había una palmera muy alta con unas hojas verdes largas que caían hasta el piso. Vaya saber de donde vino, quien la habrá plantado porque no era un árbol silvestre de la zona. Daba unas frutas llamadas dátiles, que eran como unos coquitos de color amarillo fuerte y muy dulces que caían al suelo y se pudrían rápidamente por el sol. La tía no terminaba nunca de limpiar ese patio.
Al lado de la palmera estaba la piecita del fondo, donde mi prima, la Silvia que era vidente y unía parejas, recibía a sus afligidos clientes.
Bajo la sombra de esa palmera estaba yo sentada en el piso toda sucia, cuando vi que entraba  por el costado de la casa mi mamá con su vestido marrón. Como pudo, y a su manera me dijo que el abuelo se murió.
Yo fingí que no me importaba y seguí jugando, pero escuché cuando mamá le contó a la tía que yo lo había tomado con total naturalidad y que con mi hermano menor sería todavía más fácil.
A mamá le dio uno de sus frecuentes ataquecitos de epilepsia y para reponerse  tomó unos mates con la tía mientras comentaban  _¿Cómo era posible que se haya muerto, si de la operación había salido bien? _Parece que reaccionó mal a la anestesia,  el corazón no aguanto e hizo un paro respiratorio.
Al rato no pude fingir más y me puse a llorar silenciosamente. Sólo la Silvia me vio. Me llevó a la piecita después que se fue su cliente y me contó la historia de una rana que se iba al cielo, que allá arriba se encontraba con otras ranitas y que saltaban de nube en nube…pero yo, ya era grande para esos cuentos y le dije enojada: el abuelo no era una rana.
Cerca de las seis de la tarde, un vecino nos llevó en su auto hasta mi casa.
Para mi lo peor era enfrentar a papá, porque era su padre el que había muerto. Pero cuando llegué lo vi entero. Hablaba por teléfono con su hermano que vivía en Buenos Aires. Acordaron que el entierro sería a la mañana siguiente.
El living de la casa paterna fue preparado para el velatorio por la Severa, la tía Yuyi, Doña Ofelia, la Bichito, Paulino y la tía Maruca.
La tía Maruca era una media hermana  de papá por parte de padre. Se había criado con él, la tía Yuyi y el tío Tito como una hermana más. Ella guardaba muchos secretos de la familia,  que me los revelaría muchos años después.
 Esa noche mi hermano y yo quedamos en casa a cargo de la Gladis, la niñera, quien nos preparó nuestra comida favorita: milanesas con papas fritas y nos abrió una Coca Cola, lujo que sólo se nos permitía los días domingos.
 Unos pocos años atrás, habían golpeado las manos en la puerta de mi casa, era un domingo, papá y mamá dormían la siesta así que los atendí yo.
Preguntaban por la casa de Don Federico, _ Es en la esquina, es mi abuelo le dije a la Sra.

Veo que había niños en el auto y aguanté todo el tiempo que pude en mi casa, hasta que fui a lo del abuelo para ver quienes eran esas personas.
El té estaba servido, había una torta de vainilla con dulce de leche cortada en porciones. Hablaban animadamente como si se conocieran de antes, sentados alrededor de la mesa El abuelo me alzó en su regazo y me presentó a una nueva tía y a unos nuevos primos que habían venido a visitarlo desde Entre Ríos.
Cuando fui con la noticia a casa, esperaba que papá fuera a saludarlos, pero no fue y en casa esos días sólo hubo incómodos silencios.
Me pareció que de aquel episodio pasó mucho tiempo hasta que el abuelo murió.
 A la mañana siguiente llegó el tío de Buenos Aires, había manejado toda la noche sin parar para llegar a tiempo al entierro.  Vino con la Tía y Federico, mi primo de mi misma edad.
 A mí me daba impresión pasar por el living donde estaba el cajón con el cuerpo. Pero Fede me daba coraje,  _ vení pasemos corriendo, me animaba. _Salta frente al cajón así vas a ver la nariz fría del abuelo…me decía…
La Severa iba y venía de la cocina sirviendo café, de repente había perdido toda autoridad.
Llegó la Sra. que había venido en aquella oportunidad. Saludó a la Severa. La tía Yuyi se le acercó, la saludó y le permitió que se despidiera del abuelo. En cambio el tío Tito y papá no le dieron lugar ni a que se les acercara.
Nadie faltó a despedirlo. Estaban sus albañiles, los  compañeros del hospital, los conocidos de papá, los clientes del almacén y todos los vecinos del barrio. Vinieron también los ricos, el cura de la capilla y el médico de la familia.
Entre tanta gente casi pasaron desapercibidos, se acomodaron como pudieron atrás de todos, sin molestar. Nadie preguntó por ellos. Nadie los había visto antes, no sabían de su existencia. Y ellos nunca se habían atrevido, pero esta vez se presentaron. Eran los otros hijos, esos  que el abuelo supo cuidar tan bien, como “ para cuidarnos”
Sospecho que fue la tía Maruca quien les avisó aunque tampoco eran sus hermanos maternos, eran otros hermanos.
Llegó el momento de cerrar el cajón. La tía Yuyi lloraba sobre el cuerpo frío del abuelo. La tía Maruca la abrazaba de atrás, sosteniéndola.
Llegamos a la puerta del panteón y mientras rezaban miré al cielo y vi que la abuela lo esperaba. No parecía enojada, se la veía contenta al vernos a todos.
A papá y al tío no los vi llorar.
A los otros, los busqué con la mirada, probablemente estaban más atrás, pero ya no los vi más.











jueves, 12 de julio de 2012

Regalos Especiales (la tienda)

Ana Laura es un chica como todas.



Estaba llena de sueños y proyectos. Todo lo que se proponía lo llevaba adelante con mucha pasión. Tenía muy en claro lo que quería hacer de su vida, por eso, todos los días luchaba por sus objetivos.

Había días complicados, donde se presentaban situaciones que le resultaban difíciles de solucionar. Había otros, en que se despertaba iluminada. Esos días, las cosas le salían como por arte de magia, de acuerdo a lo planeado en la almohada la noche anterior.

Ana Laura pensaba que todo lo que quería en la vida lo podía tener. Para ella no había cosas imposibles…Ella sabía, desde muy adentro de su corazón que si se lo proponía podía llegar hasta donde quisiera, porque tenía el don de creer en si mismo.


Había una sola cosa que Ana Laura no comprendía y siempre se preguntaba: ¿Qué es el amor? ¿Cómo es eso de que dos personas se encuentran y se enamoran? ¿Cómo puede ser que se sientan atraídas? Ella, siempre se cuestionaba esas cosas, porque nunca había experimentado ningún tipo de sensaciones, entonces un día sin más, decidió que ella nunca se enamoraría.


Ana Laura era muy creativa, con sólo dieciocho años, abrió una pequeña tienda en el bohemio barrio de Pichincha y la llamó: Regalos Especiales.

No era una tienda común y corriente, era un lugar donde uno entraba y se encontraba con cosas raras, fantásticas, ilusorias, aparentes, inverosímiles, remotas, pero todas muy agradables y bellas.

Abundaban los colores fuertes: magentas, celestes, amarillos, rojos, violetas, azules, verdes, y de cada uno, en muchas tonalidades diferentes, mas claros, más oscuros…

Algunos objetos eran tan raros que la gente se quedaba atónita. Había por ejemplo un reloj que marcaba las sonrisas. Cuando lo ponía en la mesita de luz, el reloj comenzaba a contar las sonrisas. Al final del día el reloj tocaba tantas campanas como sonrisas habías tenido uno ese día. Había sillas de plastilina, que te sentabas y se adaptaban a tu cuerpo en cualquier posición, siempre estabas cómodo. Almohadones, que te hacían dormir y soñar cosas lindas. Alfombras mágicas que volaban, podías hacer una prueba si lo deseabas, tenías que descalzarte, sentarte bien al medio y cerrar bien fuerte los ojos. Cuando Ana Laura te daba la señal de abrirlos, estabas volando por encima de todos los muebles. Como el espacio era un poco reducido, el aterrizaje era medio traumático, pero la experiencia valía la pena. La gente se maravillaba ante las mesitas que bailaban y se sorprendían de los libros que hablaban en portugués. Había unas agendas inteligentes, donde no era necesario que escribas sobre ellas, sólo abrías en el día en el cual tenías que agendar tu cita y con una mirada bajabas tus pensamientos. Como si tu agenda y vos funcionaran a través de bluetooth. Hasta había unas vinchitas que en apariencia eran simples, pero te la ponías, pensabas en el peinado y color de pelo que querías tener y te transformabas por unas horas como la cenicienta.

Uno de los regalos que más salida tenía, eran los trendyojos de sol, que eran unos anteojos para usarlos en esos días tristes que solemos tener. ¿Viste cuando parece que nadie te entiende y se te viene el mundo abajo? Eran para esos días. Te los ponías hasta que se te pase la mufa. Gracias a ellos podías ver el sol, aunque el día este nublado, podías ver las estrellas, por más que la noche este cerrada, y podías sonreír a pesar de estar un poquito triste.

Llamaba la atención, un corazón gigante que había en la pared de fondo de la tienda. Era un corazón lleno de luz, que impactaba verlo, emanaba un suave aroma. Seducía a todos a quedarse un largo rato mirándolo. Muchos preguntaban el precio, pero Ana Laura respondía que era su corazón y que no estaba a la venta.

Todo lo que había en la tienda de regalos de Ana Laura tenía vida. Al principio la gente llegaba por casualidad. Después se fue haciendo conocida y venían por curiosidad.

Le preguntaban a Ana Laura, de donde provenían esas cosas tan increíbles, y hermosas. Ella siempre respondía: _vienen desde muy lejos…y no daba más explicaciones.

La tienda se hizo muy famosa, se vendía cada vez más y más.

Desde todo el país llegaban personas en busca de estos regalos especiales. Había incluso pedidos del exterior.

Ana Laura pasaba interminables días de trabajo embalando los envíos. Había días en que se cansaba y pensaba: _ya he trabajado bastante, tengo suficientes ahorros, puedo cerrar e irme de viaje…

Por la tienda pasaba todo tipo de gente. Venían chicas en busca de cosas cada vez más raras. Adultos que hacían preguntas, todos querían saber…

Venían mamás en busca de regalos para calmar los nervios de sus niños. Enamorados que querían sorprender a su amor con alguna originalidad.

Ana Laura, siempre miraba a los enamorados, con mucha curiosidad.

Entonces era ella quién preguntaba: _ ¿cómo es que te enamoraste? _ ¿Qué es lo que sentís? _ ¿Cómo sabes que estas enamorado? Y todos trataban de explicarle que eran lo que sentían. Le contaban de las sensaciones que tenían. Uno le contó, que cada vez que veía a su enamorada, le transpiraban las manos. Otra chica le dijo que cada vez que se iba a encontrar con su amor, le palpitaba más fuerte el corazón. Hay quienes le contaban que con sólo mirar a los ojos a su amor, sentían una gran felicidad.

Todos intentaban explicar a Ana Laura lo que era el amor, pero ella no podía comprender. Le causaba mucha gracia cuando le contaban que los enamorados eran capaces de hacer cualquier cosa para verse. Que algunas veces pasaban mucho tiempo sin encontrarse, que inclusive podían pasar años. Pero que si el amor estaba presente en sus corazones, sus re encuentros serían siempre maravillosos.

De vez en cuando, Ana Laura se preguntaba si alguna vez, ella iba a sentir esas sensaciones de las que todos hablaban, pero no dejaba que estos pensamientos la paralicen.

Un día tuvo que sacar fotos de los productos para poder hacer un catálogo para armar una página de Internet. Porque muchas personas la llamaban de afuera y querían poder elegir regalos a través de la web sin tener que viajar.

Sacó fotos de todos los modelos disponibles, y las llevó a una tienda de fotografías digital para que hagan los retoques necesarios. Cuando llega, se encuentra con una fila de personas esperando. Saca su número para ser atendida, y mientras espera percibe que había alguien observándola. Le toca el turno, entrega su CD, pero siente unos ojos en sus espaldas. Se pregunta distraída si será alguno de sus clientes.

Sale de la tienda y se encuentra con que, él observador, la estaba esperando.

Ella, siente que se ruboriza, pero lo saluda. Él también. Ella sonríe. Se da media vuelta y regresa como volando por las callecitas de Pichincha hasta su tienda. Cuando llegó, se dio cuenta de que sus manos estaban húmedas de transpiración.

Te invito a leer una nueva historia sobre esta fantástica chica: Ana Laura e Ideben (una historia de amistad y fantasía)




Anila Rin / @anilarin


Rosario- Argentina
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miércoles, 11 de julio de 2012

Ana Laura e Ideben ( una historia de amistad y fantasía)


Un día entra una personita que hace mover las estanterías de toda la tienda de regalos especiales y tropieza con una de las mesas azules del pasillo principal. Sobre la mesa estaban los “famosos libros que hablaban en portugués”, que al caerse, comenzaron a quejarse porque se revolcaron por todos lados. Uno fue a parar debajo de una almohada que hacía soñar, así que se quedó instantáneamente dormido y por suerte dejó de gritar. Otro cayó sobre la alfombra que volaba y sin darse cuenta despegó de golpe y empezo a gritar_ Com licença…¡cuidado com os meninos! Com licença…¡ cuidado com os meninos! Con permiso,¡ cuidado con los niños-, Nadie entendía lo que decía, pero tanto los regalos como las personas que estaban en ese momento en la tienda, empezaron a correr por instinto de un lado a otro tratando de esquivarlo. Aunque fue inevitalble, “ el libro volador “ atropelló a cuanto regalo se le cruzó por el camino. Tiró al pasar todos los recipientes que estaban en los estantes. Los recipientes contenían líquidos de colores que se convertían en cosas de acuerdo a los tonos. Los verdes se transformaban en ranitas, otros en hojitas. Los amarillos en canarios, algunos en soles. Los azules en estrellas. Los violetas en violetas. Los rojos en labios que besaban. Los marrones en mariposas. Todos gritaban alborotados.
Ana Laura estaba embalando pedidos en el depósito de atrás y al escuchar tantos gritos y alboroto salió corriendo al salón. Cuando llegó no daba crédito a lo que veía. La tienda se había transformado en un zoológico. Inmediatamente dio órdenes a sus asistentes para que cerraran las puertas y ventanas, porque no podía dejar escapar a ninguno de sus regalos. Cada regalo era especial y ella entregaba un certificado de garantía y un contrato bajo el cual el dueño se responsabilizaba de obsequiar el regalo “sólo a una persona que amaba”, porque de otra manera no funcionaba y si se escapase alguno fuera de la tienda, podría caer en manos equivocadas.
El reloj de sonrisas se activó y empezó a contar las carcajadas de una niña, que no paraba de gritar y saltar .
Ana Laura no entendía lo que había sucedido. Hasta que una de sus asistentes le dijo que esa niña que gritaba y reía, se llamaba Idebén. Era la hija de un zapatero italiano que vivía a unas cuadras, y que había sido ella quién provocó el caos al atropellar la mesa de libros. Pero que no la culpara, porque era no vidente.
Ana Laura no se conmovió, estaba muy enojada, porque la tienda había quedado hecho un desastre y tenía muchos pedidos que preparar, mucha gente esperaba los regalos y no tenía tiempo de distraerse con una niña maleducada que había causado un tornado en su tienda y a la que sólo se le ocurría reír y gritar.
La tomó de un brazo y la llevó hasta la zapatería de su padre de un solo envión.
Cuando llegó, se encontró con un señor de mirada triste y una sonrisa gentil. Pero Ana Laura no salía de su enojo y le contó el desastre que había causado Idebén en su tienda.
El hombre avergonzado, le ofreció un par de zapatos como disculpa. Ana Laura los aceptó a regañadientes y se fue caminando con los zapatos en la mano y una mueca en la cara.
Cuando regresó, las asistentes ya estaban en la tarea de re organizar la tienda. Acanzaron al libro portugués y lo bajaron de la alfombra. A las mariposas y ranitas las dejaron en el jardín de atrás, a los canarios los liberaron, y a las violetas las plantaron junto a los gladiolos. A las estrellitas las guardaron en sus cajas de noche. A los labios que besaban tuvieron que meterlos en una bolsa porque no paraban de besar a todos los regalos y de dejar sus marcas rojas.
Hubo que limpiar libro por libro, mesa por mesa, silla por silla, porque todo, todo, tenía la marca de los besos.
Una vez que terminaron de limpiar, dejar todo en su lugar y embalar los pedidos atrasados, partieron a descansar.
Ana Laura tomó una de sus almohadas mágicas y la puso en su bolso porque la iba a necesitar esa noche. Cuando salió de la tienda, y aseguró las puertas, se encontró con que Ideben la estaba esperando afuera.
_ ¿Otra vez por acá?, dijo Ana Laura, entre sorprendida y enojada. No son horas para que estés por la calle, ya son casi las nueve; deberías estar en casa con tu padre.
_ ¿Me perdonas?, dijo casi en un susurro, Idebén .
Ana Laura pensó que si le decía que no, no se liberaría de ella.Y no podía permitir que Idebén la molestase de nuevo.
_ Sí, te perdono, pero no vuelvas por acá. Quédate con tu padre que necesita que lo ayudes en la zapatería.
Ideben asintió con la cabeza, tomó su bastón y se volvió a su casa.
Cuando Ana Laura se acostó sobre la almohada, se quedó dormida instantaneamente.
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Ana Laura….Ana Laura… se escuchaba desde muy lejos…Ana Laura, Ana Laura…
Ana Laura dio un brinco en la cama y fue a espiar por la ventana…no veía a nadie pero seguía escuchando los gritos que cada vez se oían más cerca: ¡ Ana Lauraaaa! ¡Ana Lauraaaa!
Hasta que de pronto se abrieron todas las puertas de la casa, las ventanas comenzaron a golpear con fuerza.
_ ¿Quién eres ?, preguntó Ana Laura…
_ Soy el viento…
_ ¿El viento ? ¿Qué quieres?
_ Vine a buscarte, quiero que vengas conmigo, quiero mostrarte algo.
Ana Laura, tomó sus manos y se aferró fuerte, empezaron a volar y a agitarse de un lado a otro.
_ Mira…mira…gritaba el viento.
_ No veo nada decía Ana Laura. No veo…. Como quieres que vea si es de noche y te agitas mucho, no logro ver nada sólo siento el aire frío en la cara, escucho tu silbido y me muevo como un torbellino.
El viento llevó de paseo a Ana Laura por un buen rato hasta que percibió que su corazón se empezó a aflojar. Y se dio cuenta de que Ana Laura se había arrepentido de mentir a Ideben sólo para que no volviera a molestarla.
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Cuando Ana Laura despertó, se alivió al verse en su cama. Todo había sido un sueño, provocado por su almohada mágica que estaba muy enojada con ella por la actitud que había tenido. Se calzó los zapatos nuevos y lo primero que hizo fue ir a la zapatería. Se encontró de nuevo con los ojos tristes del zapatero y le dijo que quería invitar a Ideben a que fuese a elegir un regalo.
El zapatero le agradeció, pero le dijo que Ideben no podía ver los regalos, que no tenía sentido que fuera a la tienda, además ella podría tropezar de nuevo y volver a provocar otro desastre.
Ana Laura pegó la vuelta y en el camino pensó que había una sola cosa que podía ayudar a Ideben. El corazón que estaba en la pared principal de la tienda era lo único que no estaba en venta, pero quien lo recibiera alguna vez podría cumplir todos, absolutamente todos sus sueños.
Volvió en busca de Ideben, esta vez lo convenció a su padre de que no había nada por qué temer, y la llevó hasta la tienda.
Cuando entraron, Ana Laura e Ideben se quedaron anonadadas. Las estrellitas giraban a su alrededor, las ranitas y canarios empezaron a cantar, las violetas habían invitado a los gladiolos a bailar, los libros también bailaban con las mesitas y el corazón de la pared principal, comenzó a brillar tanto que iluminó toda la tienda, luego iluminó toda la cuadra y hasta iluminó toda la ciudad.
Ideben no podía ver, pero su corazón podía sentir una inmensa felicidad. Ana Laura pudo escuchar a su amigo, el viento, soplarle al oído un secreto. Miró a Ideben y al ver su rostro ilumindado de felicidiad, se sintió plena y feliz también ella y así comenzó entre las dos una emocionante y sincera amistad.

Bar Ross Café- Rosario- Argentina

Anila Rin / @anilarin 
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